31 Agosto 2011

PREDIOFILIA CANIBAL

Por Héctor Arroyo de la Agrupación Defendamos La Ciudad, 26 de septiembre de 2005 Vender la poltrona del abuelo y el chal de lana de la abuela, con el pretexto de modernizarlos, cambiándolos por un sillón de gerente y una parca de fibra sintética, es- por decir lo menos- una falta de respeto hacia ellos. Robarles el reloj de oro y el collar de perlas que recibieran como regalo de bodas, para comprar alcohol, crack o simplemente choripán con cocacola es éticamente inmoral. Cuando esto ocurre en familia, más de algún miembro se alzará airado para protestar y encarar al responsable del latrocinio. Cuando esto ocurre en ciudad pocos se enterarán, pues habitualmente los diarios serios y quienes debieran hablar callan el asunto . Esto último está ocurriendo con una frecuencia alarmante en esta capital de la República Tropical Austral de Chile, en la que unos terciopelos- circunstanciales autoridades a cargo del desarrollo urbano- están alentando, con su flexibilidad e incultura, una forma extrema de este comportamiento vicioso, comportamiento que en el ámbito territorial adopta dos formas bien definidas: la prediofilia simple o rural y la prediofilia urbana o caníbal. Prueba del segundo comportamiento aberrante- el primero lo dejaremos para una próxima ocasión- y el más dañino por no tener vuelta, son las áreas verdes, espacios libres o de esparcimiento, privados y públicos, que han sido liquidadas parcial o totalmente, están en vías de serlo o, felizmente, la ciudadanía advertida lo ha impedido: Cerro San Luis, Cerro Alvarado, plazuelas de la Remodelación San Borja, río Mapocho, Parque Las Américas, Parque La Reina, Parque Inés de Suárez, Estadio Santa Rosa de Las Condes, Estadio Nacional, Estadio Colo Colo, Dunas de Concón, Laguna Carén, etc. Se dice- el tiempo dirá- que hay algunos audaces que tienen en la mira al Cerro Santa Lucía y al San Cristóbal, pero nos parecen infundios propios de los alarmistas de siempre. La destrucción parcial o total de estas áreas de interés ciudadano- prueba de ello es el hecho que el Estado consideró importante liberar las áreas verdes privadas del impuesto territorial indefinidamente- es la consecuencia real de este apetito codicioso por parte de algunos miembros de la familia urbana, ávidos de terrenos sin defensa, para dar paso a conjuntos de hormigón pretensado y del otro, que implican suculentas utilidades, plusvalías no captadas, lesión enorme en contra del fisco, tráfico de influencias, impuestos burlados, depredación urbana, en simples palabras canibalismo urbano: comerse la propia nariz, las orejas, los brazo hasta el codo e incluso partes pudibundas para que los prediofílicos urbanos satisfagan sus neoliberales y bajas pasiones morbosas instintivas mercantiles. Dadas las características de encierro geográfico del área metropolitana, engullir las áreas verdes, que no se caracterizan por existir en abundancia e incluso hay vastos sectores de la ciudad que carecen de ellas (ver declaración de la Seremi de Vivienda y los mapas de la páginas amarillas), equivale a suicidarse como ciudad, asfixiada por los gases pestilentes despedidos por los culos de los vehículos privados y de uso público. Las áreas verdes forman parte del patrimonio ciudadano, son una rueba de generosidad de alguien o algunos para con su ciudad, responden a una visión urbana de alguna autoridad esclarecida, son obras de arte colectivo que pueden tardar siglos en adquirir su forma definitiva, son símbolos en los que se reconocen los ciudadanos, responden a los requerimientos menos asociados con la ingestión cotidiana de un trozo de pan o filete de los habitantes de una ciudad y están íntimamente asociadas con el ocio, el que también es un valor, aún cuando hay garraplatas que las consideran un lujo y un mal aprovechamiento del recurso suelo. Las joyas urbanas de la ciudadanía no son para que desalmados incultos las liquiden en beneficio personal, con el beneplácito de autoridades aún más incultas. Al respecto, cabe recordar una frase del urbanista alemán Paul Zucker contenida en su libro “Town and Square” que hoy cobra toda su importancia frente a este morbo territorial: “Una ciudad que no organiza sus espacios colectivos es una ciudad sin forma y aquélla que descuida sus áreas verdes, una sin alma”.



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